Nadie sabe cuándo toca la próxima vacuna
El dueño se acuerda dos años después, cuando el animal ya está mal. La antirrábica venció hace ocho meses y nadie le avisó.
Vacunas que no se dan ni se cobranCasi todo software asume que quien reserva es de quien es el historial. Acá no: el cliente es el humano y el paciente es el perro. Una persona, cinco fichas. Acá la mascota existe como ficha propia, con su peso, su microchip y su plan sanitario colgando de ella.
MiReserva es el sistema con el que manejás tu veterinaria: pacientes, plan sanitario, internación, farmacia, caja y tu propia web.
Sus pacientes
Una persona, tres historias clínicas que no se mezclan.
Si algo de esto te pasa todas las semanas, es ahí donde se te va el trabajo.
El dueño se acuerda dos años después, cuando el animal ya está mal. La antirrábica venció hace ocho meses y nadie le avisó.
Vacunas que no se dan ni se cobranNinguno con su peso, y no sabés cuál es cuál. Cuando entra uno por la puerta hay que volver a preguntarle todo al dueño.
Historias clínicas que se pierdenEl de la mañana anota, el de la tarde no encuentra la hoja, y la dosis de las 14 nadie sabe si se dio.
Tratamientos dados dos veces o ningunaMiReserva le da una ficha propia a cada animal. Esa ficha se acuerda por vos.
Hasta acá, la mascota vivía como un texto suelto dentro de la reserva: dos "Firulais" que no se podían cruzar y una historia que se perdía cuando cambiaba el turno. Ahora es una fila propia, con todo lo que hace falta para atenderla.
Seis controles, no un número pisado. La variación entre dos pesadas es un hallazgo clínico, y una planilla que guarda sólo el último lo borra.
El turno dice Chispa (Juan Pérez). Nunca más "el perro de Juan" escrito en el campo de observaciones.
Un cachorro pesa 480 g y un mastín 62.400 g. Con decimales flotantes, las dosis por kilo se calculan sobre basura.
La identidad del animal sobrevive al cambio de nombre y de dueño. La libreta es el número que el dueño dice de memoria.
Aparecen arriba de todo, antes de abrir la jaula. Que el animal muerda no es un dato de color: es la seguridad del que atiende.
Y una que no es técnica: la ficha lleva la marca de fallecido, separada de "ya no viene". Mandarle el recordatorio de la antirrábica a alguien cuyo perro se murió el mes pasado es el peor error posible en este rubro, y por eso todo aviso filtra por ahí.
Definís el esquema una vez por especie —quíntuple canina cada 365 días, triple felina, desparasitación cada tres meses— y el vencimiento sale solo de la fecha de aplicación. Nadie escribe una fecha a mano, y por lo tanto nadie se la olvida.
Queda registrado el qué, el quién, el lote y el vencimiento del frasco.
El intervalo lo puso el protocolo. La cuenta la hace el sistema, no el mostrador.
Siete días antes por defecto, y de nuevo el día del vencimiento. Configurable.
Que es el punto: la vacuna que no se avisa es un turno que no vuelve.
Es anual y es obligatoria por ley en la Argentina, y aun así menos de la mitad de los dueños la pone a tiempo. No porque no quieran: porque nadie se acuerda de una fecha que pasó hace once meses en un papel guardado en un cajón. Eso es plata que se pierde y turnos que no vuelven — y del lado sanitario, es peor.
Una vacuna que vence en doce meses no es un turno tomado: es un aviso. No te reserva una hora que nadie pidió ni te ocupa el consultorio esperando.
Cada aplicación guarda el número de lote y el vencimiento del frasco — que es, además, lo que la libreta sanitaria lleva impreso. El día que llega el aviso de un retiro, la pregunta se contesta en un minuto en vez de en doce llamadas a ciegas.
Así se ve un retiro de lote resuelto en una pantalla.
El lote y el vencimiento del frasco se cargan en el mismo acto en que se pone la vacuna. Reconstruirlo a fin de mes no se puede.
El nombre y el tipo se copian del protocolo al aplicar. Si mañana renombrás o borrás el protocolo, lo aplicado sigue diciendo qué fue: es un registro sanitario, no un reporte.
Aplicar la vacuna descuenta el frasco de la farmacia. El mismo movimiento hace las dos cosas.
Una hoja de tratamiento no es una lista de tareas: es la diferencia entre lo que el veterinario indicó y lo que realmente se hizo, con quién lo hizo y a qué hora. Es toda la seguridad del paciente internado, y es exactamente lo que un cuaderno de guardia no puede garantizar cuando cambia el turno a las ocho de la mañana.
Una jaula ocupada del lunes al jueves no admite otra ocupación esos días. El sistema rechaza la segunda antes de guardarla, así que no depende de que alguien se acuerde de mirar.
Por eso la internación no se modela como una estadía de hotel. Un huésped conoce su fecha de salida al reservar; un animal entra por guardia y se va cuando el veterinario lo decide, revisándolo todos los días.
Lo que se informó al internar queda guardado. Evita la discusión del alta, que es la peor conversación posible del rubro.
Un baño y corte no son dos horas de peluquero: son 30 minutos de baño, 40 de secado en la jaula secadora —donde el peluquero no hace nada— y 30 de corte. Un cuaderno bloquea las dos horas enteras. Acá esos 40 minutos son un turno que se puede vender, y es la misma idea que usa una peluquería de personas.
100 minutos de proceso, 60 de peluquero. La diferencia es lo que una agenda común te hace regalar todos los días.
El dueño elige con quién y la prestación fija la duración. Un turno es de un paciente: dos gatos son dos turnos, cada uno con su historia clínica. El bot no pregunta "¿cuántas?" — pregunta "¿cuál?", que es otra cosa.
Una urgencia a las tres de la mañana, un domingo o un feriado no sale lo mismo que un control de un martes al mediodía. El precio depende de cuándo se atiende, no de en qué consultorio, y eso se configura por franja horaria.
Alimento, antipulgas, antiparasitarios y accesorios, con existencia de verdad: la bolsa que se vende no vuelve sola al otro día. Se retira o se manda a domicilio — el alimento es el ítem pesado del rubro y es el que más se pide con envío.
Un porcentaje de lo facturado por cada uno, que es el modelo de pago habitual del rubro. Sale calculado, no estimado a ojo a fin de mes.
El plan de baños mensual de la peluquería canina: se vende una vez y se va descontando solo. Es la venta recurrente más común después del alimento.
Seña baja para reservar y cancelación hasta 12 horas antes. Si alguien no vino, el sistema te lo sugiere pero lo marcás vos: capaz al animal le pasó algo.
Tu dominio, tu marca y las tres cosas que la gente busca de verdad en la web de una veterinaria: el teléfono de urgencias arriba de todo, el turno online y —esto no lo tiene casi nadie— la libreta sanitaria de su propia mascota.
El que entra a las tres de la mañana no navega: busca un número. Va en una barra roja arriba de todo, tocable, y nunca dice "24 horas" salvo que vos lo escribas.
El dueño entra con su cuenta y ve, para cada mascota, qué se le aplicó, con qué lote y cuándo vence lo próximo. Al día, por vencer o vencida, con tres colores.
Contesta disponibilidad y toma la consulta con la mascota y el motivo. Lo que no puede resolver, te lo pasa a vos.
Sin módulos que se compran aparte. Tocá cualquiera y te lleva a la parte de arriba donde se ve funcionando.
Esto viene con cualquier rubro y no se paga aparte.
Le preguntás en castellano cómo viene la semana y te contesta con tus propios números.
La bandeja de WhatsApp. Si el bot se traba, entrás vos, seguís la charla y se la devolvés.
Todos los que pasaron por tu negocio, con su historial y sus datos de contacto.
Lo que entró, lo que falta cobrar y el cierre del día con arqueo ciego.
Lo que sale, anotado por categoría. Para que el número de fin de mes sea el real.
Cada uno ve lo suyo. El que atiende no tiene por qué ver la plata.
Cuando se te llena, se anotan. Si se libera un lugar, les avisás con un toque.
Qué se vendió, quién lo hizo y cuánto quedó. Sin exportar nada a una planilla.
Sin comisión por turno. Sin costo de instalación. Sin permanencia.
A medida
Depende de cuántos veterinarios atienden y de si tenés internación y peluquería o sólo consultorio. Te pasamos el número en la misma llamada, sin vueltas.
Pedir una demoSi en el medio decidís que no, no pasa nada: no hay permanencia ni costo de instalación.
No. Funciona en el navegador que ya tenés: la computadora del mostrador, una tablet en el consultorio o el celular. Nada que instalar ni actualizar.
Pocos días. Cargamos tu padrón de pacientes con vos —no te dejamos solo con una planilla vacía— y arrancás con los avisos de vacunas vencidas.
Solo. Cada vacuna deja anotado cuándo toca la siguiente, y cuando llega la fecha sale el mensaje al dueño con el nombre del animal. Vos no tenés que acordarte de nada.
Sí. Baño, secado y corte se cargan como tres tramos, y durante el secado el peluquero queda libre: ese hueco se puede vender en vez de bloquear dos horas enteras.
No. Pagás un abono mensual y listo. Lo que factura tu veterinaria es tuyo.
Cuatro cosas, y preferimos decirlas acá y no después de que firmes: no emitimos la receta electrónica (eso se sigue haciendo por el sistema de SENASA), no guardamos ecografías ni radiografías, los resultados de laboratorio se cargan a mano, y todavía no emite factura electrónica —el módulo está hecho, falta que cada veterinaria cargue su certificado fiscal.
Traés tu esquema de vacunación —qué aplicás, a qué especie y cada cuánto— y tus prestaciones, y dejamos el padrón armado y la web publicada. Desde esa semana, los vencimientos dejan de depender de que alguien se acuerde.